o empezar.
Las calles, las nubes, el aire, la música perfecta para llorar de camino a casa.
Pero, por más que intento, no me sale.
o empezar.
Las calles, las nubes, el aire, la música perfecta para llorar de camino a casa.
Pero, por más que intento, no me sale.
No encuentro el verbo adecuado para expresar exactamente lo que quiero decir. Es algo así como un sentimiento de urgencia, de agobio ante la infinidad de sitios en los que debería estar en este momento. Veo carteles de conciertos en Berlín, descubiertos a través del myspace de la voz que estoy escuchando ahora. Documentales sobre la fase existencial de Emily Haines, cantante de Metric, mientras cogía un tren a Toronto. Una foto de una pareja de músicos americanos, sólo dos individuos de un país con más de 300 millones de personas, que ha dado cosas como las novelas de Steinbeck, la Cocacola y Mickey Mouse. Y de repente, como en esa escena del Rey León, el sol baña más y más territorio, y entonces me doy cuenta de que también debería estar en un Starbucks de Manila, o escalando el monte holandés más alto.
Pero no es sólo el espacio. Debería estar en tantos puntos temporales tan dispares. Debería estar hace sesenta años en Hollywood y hace ciento cincuenta en Hamburgo, quizá hace doscientos en Londres. Debería haber visto tantas cosas en directo. Y debería estar en el próximo septiembre, y, a la vez, debería exprimir mis últimos momentos aquí y ahora. Debería estar en Leeds y en Bilbao al mismo tiempo. Coger un avión a Londres, viajar momentáneamente por el subsuelo de esa ciudad hasta alcanzar Yorkshire, descubrir mi futuro, organizar mi vida sola, conocer a los que serán mis amigos esta vez. Y también debo quedarme aquí, grabar tonterías con los de la escuela de cine, participar en el proyecto acústico de J, traducir Johnny el Maníaco Homicida con uno de Mondra, tomar cafés con A mientras discutimos sus opciones como estudiante de literatura victoriana, dejarme llevar por la lenta rutina y el desconcertante mundo de un Bilbao que aún no conozco tan bien como pensaba.
La vida es tan absurdamente corta que cuesta hacerse a la idea de todas esas cosas que jamás viviremos, bien porque están pasando demasiado lejos, o porque ya pasaron hace tiempo, o porque desaparecen a medida que tomamos decisiones. Me pregunto si vivir tendría gracia, al fin y al cabo, si fuera de otra manera.
Oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God.
Es lo que habría estado diciendo durante horas si hubiera sido una canadiense hace dos meses.
Pero en realidad lo que he dicho ha sido “joder joder joder joder joder” seguido de temblores en las manos. El último disco de Metric salió hace dos meses exactos y NO ME HE ENTERADO HASTA HACE CINCO MINUTOS.
Voy por la segunda canción y ya estoy enfermizamente enamorada. ¿Por qué Metric suena a algo completamente distinto, a colores que no tienen nombre, a armonías que definen con un 110% de fidelidad cualquier momento de mi vida? Curiosa forma tiene el cerebro de recibir señales acústicas.
Curioso, también, que la primera canción (y single, creo) se llame Help I’m Alive. En el sentido de que he despertado al mundo tras dos semestres que se han caracterizado por eliminar mi capacidad de llevar una vida normal. Y ahora, aquí estoy, perdida. Sin nerviosismo ni (casi) límites de fechas, con unas nubes de lluvia que se alejan a toda pastilla, una red de transportes públicos que me deja en la playa y, en fin, una cantidad de tiempo libre que no imaginaba desde hacía mucho y que sigue siendo insuficiente para las columnas de libros que me esperan, gritando “léeme, léeme” y “no, a mí, a mí” con diminutas voces.
Oh God. La tercera canción es aún más brutal.
La otra noche estuve en el R, ese gran local sin aire acondicionado perceptible que a partir de cierta hora se llena con las caras de siempre y las mismas canciones que el mes anterior, excepto algunas variaciones. Y me di cuenta de lo idéntica que fue esa noche a la anterior en el R, y a la anterior, y a la anterior. Y a lo poco que importa que ciertas rutinas se repitan, por ser buenas, por ser aquello de lo que tu mente necesita alimentarse. Reprimí el deseo de pedir un boli y ponerme a escribir en servilletas una vez más; en parte porque sé que a la mañana siguiente me habría arrepentido de no destruir semejante gilipollez.
La canción cuatro también es maravillosa. Empiezo a pensar que aún estoy nublada por la histeria.
Así que eso fue el R, una vez más. Pensé que lo echaré de menos cuando ya no esté por aquí. Despedirse para un año no es tan triste, ni tan definitivo, como despedirse para dos. En realidad, aunque penséis que no, la diferencia entre “dos” y “uno”, es que con “dos” dais un saltito sorprendido hacia atrás y pedís confirmación: “dos años?”. Sí, así es.
Tengo unos tres meses para acumular memoria en los carrillos, como esas ardillas que salían antes en los dibujos animados. Engullir conversaciones, caras, fotos y promesas estúpidas y llevármelas conmigo para regurgitarlas de vez en cuando, en esos momentos en los que me entre el agobio con las moquetas inglesas.
Pues sí, la séptima canción también es buena. Y sólo quedan tres más. Oh No.
Voy a salir de aquí un rato. Respirar, abrir los pulmones a la polución de Bilbao. Y empezar a recolectar imágenes soleadas con cierto tono sepia de película antigua, más intimista y emocional.
…
To-morrow, perhaps the future. The research on fatigue
And the movements of packers; the gradual exploring of all the
Octaves of radiation;
To-morrow the enlarging of consciousness by diet and breathing.To-morrow the rediscovery of romantic love,
The photographing of ravens; all the fun under
Liberty’s masterful shadow;
To-morrow the hours of the pageant-master and the musician,The beautiful roar of the chorus under the dome;
To-morrow the exchanging of tips on the breeding of terriers,
The eager election of chairmen
By the sudden forest of hands. But to-day the struggle.To-morrow for the young the poets exploding like bombs,
The walks by the lake, the weeks of perfect communion;
To-morrow the bicycle races
Through the suburbs on summer evenings. But to-day the struggle.To-day the deliberate increase in the chances of death,
The conscious acceptance of guilt in the necessary murder;
To-day the expending of powers
On the flat ephemeral pamphlet and the boring meeting.To-day the makeshift consolations: the shared cigarette,
The cards in the candlelit barn, and the scarping concert,
The masculine jokes; to-day the
Fumbled and unsatisfactory embrace before hurting.The stars are dead. The animals will not look.
We are left alone with our day, and the time is short, and
History to the defeated
May say Alas but cannot help nor pardon.
Spain, Wystan Hugh Auden
Porque hoy no puedo escribir nada que no sea robado de otra gente, os pongo las últimas estrofas de este poema que, aunque hablen sobre la guerra civil, me recuerdan un poco a este momento crítico de mi semana. Mañana seré libre. Pero hoy, la lucha.

Angel is my favourite cartoon.
She didn’t find strange at all to punch me the first time we met. After realizing that we both were Svenska fans, nothing was strange at all.
When you make her laugh, she puts her hand on her mouth. How couldn’t she! Then she stares at you accusingly, as if you shouldn’t do that (you could earn a punch of her strong fist). But it is easy to make her laugh, actually. She will laugh chirping like a bird, bubbling like a child, gleaming like the sun. Laughing is her natural state.
She has the ability to bump into you wherever you are. It doesn’t matter if it’s Bilbao or Stockholm. She will find you, one way or another. And then jump and celebrate the cosmic moment.
Angel has a powerful sad face. If you say something cruel, her eyes will shift into such a miserable shape that you can’t help trying to reach her and tell her everything will be fine. She gets anxious easily. But she can also feel excited in seconds, even almost cry of happiness. It’s hard not to follow her then.
She has taught me useful things. Such as apir, kaibigan, or, most importantly, bangkay. She does not like beer, but she does like cider, especially päron cider, especially when it comes out of Systembolaget bags, which surprisingly enough can travel all the way down from Sweden to Indautxu’s metro station.
Angel loves to keep her moments safe. She records her life and looks ahead towards her dream. She dreams of sweet, boring Swedes, of the beautiful streets of Stockholm, where she left her soul. She will leave soon. But it doesn’t matter.
Angel is my favourite cartoon.
Enrique V, rey de Inglaterra.
A veces, hay pequeñas voces que se agazapan durante todo el día, hasta que saltan y exlotan en mi cara, preguntándome a ver qué creo que estoy haciendo.
En mitad de la noche, o de la merienda, me vendrá una revelación, de segundos de vida, en la que yo me preguntaré qué pretendo hacer con todo esto.
Me preguntaré si realmente hay algún sentido en dedicar mi mente a seccionar, analizar, sobar, balbucear sobre la literatura de otras personas, siempre más grandiosa de lo que jamás podría desear para mis poemas, para este triste blog.
O si tengo algún derecho a invertir mis esfuerzos y mis años en decir cuatro tonterías y encuadernarlas, lanzarlas a la ya excesiva masa de voces pedantes que pronuncian títulos siempre demasiado largos.
Me da escalofríos pensar que sólo haré, crearé, eso. Opiniones vacías de cualquier valor real, visiones sobre un poema que nada tiene que ver con límites de palabras, estructura de párrafos, fechas de entrega.
Qué más necesita un libro que ser leído. Absolutamente nada. Y mi intención es ir tan, tan lejos, más allá de esa única necesidad.
Da algo de miedo pensar en dedicar tu vida a algo tan ridículo.
Vídeo musical de la semana.
[Mr J me presentó a esta inglesa, una de tantas figuras que te destrozan la autoestima cuando descubres lo que hacen a la misma edad que tú (te odio Scarlett Johanson). Como iba diciendo, J me la mostró en su día y la pasé bastante por alto, hasta que me obsesioné con ella. Y hasta aquí el relleno gratuito de blog.]
Sacudiendo la cabeza por la calle al ritmo de The Unholy, he hecho un repaso al constante péndulo entre miseria y euforia que he sido esta mañana. Todo bajo la modosita expresión de estudiante responsable que soy. Es probable que las agujetas que sufro en todos los puntos de mi cuerpo hayan tenido algo que ver, pero siento como si acabaran de desadoquinar(?) todo mi cerebro y necesitara algo (un banco, un brazo, una máquina de café) a lo que aferrarme para morir tranquila.
Las cosas pasan, y a veces te pasan a ti. Y entonces recuerdas, y crees que lo has visto todo en una película, pero no. Y te transportas de la pasarela de moda que son las calles de Estocolmo a una noche cualquiera de Bilbao, con su suelo lleno de lluvia, cerveza y orín.
Ayer le decía a E, mientras ambos nos sentíamos solos, que hasta hace poco mi vida podía dividirse en etapas claras. Con sus etiquetas y todo. Fotos de los personajes principales, sección de música y arte, preguntas al final de la unidad. Y ahora, sólo el abismo y un montón de nudos por todas partes. Una mezcla absurda de intentos y errores y caras y canciones y guiños y mil cosas más. O tal vez no sea eso.
Creo que sólo entiendo algo cuando me veo, nos veo, a través de la cámara. Una yo gigante con un proyector, riéndose de mi estupidez y estudiando a quienes me acompañan. Analizando la situación al detalle, con la seguridad de saber de sobra de qué va el tema. Como si estuviera de vuelta de todo, cuando en realidad la única razón para esa distancia es la impotencia de no comprender ni tan siquiera una parte del patrón. Y al día siguiente, a recordar la película. Y a preguntarse quién coño era ésa. Porque parecía yo, pero no.
Está bien. Relájate. Piensa.
No todo puede ir tan mal.
Tu futuro es una masa oscura y las solicitudes a facultades y cursos y másters y becas no ayudan.
Piensa que podrías haber sido una italiana de 21 años muerta este lunes de abril de 2009.
Estás viva. Tienes eso. Los papeles se mojan y pierden su valor. Tú te mojas y pillas un catarro, como mucho.
Puedes hacerlo. Aunque sólo sea para escribir una entrada tan absurda como ésta.
Estás viva y puedes comerte un cacho del mundo.
tan de improviso como llegó, se fue.
Vuelta a bailar sola en los pasos de cebra. Pero, esta vez, con un par de cosas bien aprendidas.
Segunda oportunidad para acostumbrarme a mí, a ser yo, sólo yo, yo sola. Cualquier alternativa me da tanta pereza.
Comentarios recientes