#22

19 04 2011

Siempre hubo en mí, al menos, dos mujeres
una mujer desesperada y perpleja
que siente que se está ahogando y otra que
salta a la acción, como si fuera un escenario,
disimulando sus verdaderas emociones porque ellas
son la debilidad, la impotencia, la desesperación
y presenta al mundo sólo una sonrisa,
ímpetu, curiosidad, entusiasmo, interés.

Anaïs Nin.





25 metres

21 11 2010

Y mientras miro a la niña que escucha las indicaciones de su padre-entrenador (“Are we going to train every morning?”), para al instante convertirse en un pez de cloro, y el hombre de dos metros de alto que está en la calle de al lado nada ridículamente despacio en comparación, me doy cuenta de que las sillas al otro lado del cristal que rodea la piscina se han convertido en mi sitio favorito. Asiento, sonrío, siguiendo sin quererlo el estribillo de All by myself, el eco de Celine Dion invadiendo el recinto como si siempre hubiera estado ahí.





Crecer

30 09 2010

Metida hasta el fondo de una piscina llena de pánico, un pánico que se ha quedado a vivir en mi estómago -un pánico que es también angustia, que marea, ensordece, atonta; punzante y continuo como el dolor de la piel levantada-, me pongo a pensar en lo que estoy haciendo. Por qué, en nombre de la lógica, he acabado en este punto en el que huir hacia adelante parece acabar en el vacío.

A veces, cuando era niña, iba de visita a la casa de alguna amiga del colegio, a jugar. Con el vértigo de estar en una casa con cosas nuevas, juguetes distintos, macarrones que sabían diferente, le pedía a mi madre que me dejara quedarme a dormir. Mi madre siempre decía que no, que era una tontería, que lo iba a pasar mal, que no iba a poder dormir después. Y yo le decía que sí, que esta vez iba a ser distinto, que me lo estaba pasando muy bien.

Nunca dormía. Lloraba y lloraba y encontraba formas extrañas en las paredes, los cuadros, las cortinas. Odiaba la cara durmiente de la niña a mi lado, a salvo en un sueño del que se despertaría con el sol, como si nada hubiera pasado, de vuelta de una dimensión en la que las horas son segundos. Me recogían después del desayuno, o de la comida, avergonzada, no tanto por llorar, creo, sino por no poder escapar del yo de mis noches.

Quedarme aquí, me digo, me hará crecer. Leeds es un lugar tan bueno como cualquier otro para poner el pie fuera de casa, ganarse la vida, ser la chica activa, independiente, con amigos cool y bicicleta que una se imagina aparecerá de la noche a la mañana. Pero está la angustia que quema, la misma que me martilleaba la cabeza cuando tenía ocho años y una eternidad de horas de noche por delante sobre una almohada que no era la mía. Mi madre está profundamente dormida y el coche está debajo de casa, a donde no sé, ni puedo, llegar sola. Sólo queda cerrar los ojos e ignorar lo que está pasando, olvidadas las razones que me hicieron acabar aquí.

La diferencia entre entonces y ahora es que, ahora, no puedo cubrirme con el edredón hasta que todo pase.





#21

18 07 2010

A movement below: he let go the flower, sighted, fired. The movement died.

Hester was failing.

“Hester, don’t you go before I do,” Lee whispered.

“Lee, I couldn’t abide to be anywhere away from you for a single second,” she whispered back.

Philip Pullman, The Subtle Knife.

Quiero un daimonion. Y morir un segundo antes que él.





25 06 2010

Y tal día como hoy, me doy cuenta de que me faltan cosas que hasta hace poco consideraba orgánicas, casi apéndices de mí, a veces hasta molestos, la base de galleta de la tarta de mi vida sin la cual la estructura parece deshacerse.

Y sentada aquí, sola, donde ya nadie me acerca la cuchara a la boca, me cuesta horrores encontrar galletas nuevas.

Y siendo sinceros, el riesgo de vomitar moralejas sacadas del peor hollywood imaginable está demasiado presente como para seguir escribiendo sin quitarle un poco de hierro al asunto. Me refiero a cosas como un café con leche en condiciones, cantar en un coro, coger el metro a la playa.

Echo de menos Bilbao, y la idea ha crecido tan gorda y brillante que no tiene ni una sola sombra de sarcasmo o duda. Lo echo de menos, y no sé cómo ni por qué haré lo que haré a partir de septiembre.





29 04 2010

Mientras la única prueba de que vivo es el ruido de mis músculos oculares moviéndose de izquierda a derecha, leer sobre gente muerta hace 600 años sólo me hace sentir más vacía.





Mus Musculus

4 03 2010
La idea de ser un ratón como los que viven en nuestra cocina se vuelve gradualmente más atractiva. Especialmente desde que he decidido que ya vale de ponerles trampas. Prefiero mil veces que agujereen los paquetes de espaguetis a tener que rematar bichos tan peludos y adorables. Cualquiera que haya visto Pumuki o un mínimo de películas de Disney tiene encajada la pena en el subconsciente.
Pero me he desviado del tema. El futuro. Echemos mano de clichés y escribamos sobre cómo de felizmente simple tiene que ser la visión de futuro de un animal cuya esperanza de vida es la de un máster a tiempo parcial.
Desde luego, yo ya no tengo corazón para ver a más de estos tratando de despegarse de una trampa.




Y así pasan los días

3 02 2010

Siempre que escucho a Nat King Cole me invade el mismo deseo que, sin tener pies ni cabeza, es casi tangible. Sus boleros me hacen pensar en bailar unos agarrados en la cocina de mi abuela, que ya no existe más que en mi cabeza, recreada con todos los detalles que recuerdo y creo recordar. No es que haya escuchado a Nat King Cole con especial frecuencia en esa casa; desde luego, no como para relacionarlo directamente con aquellas habitaciones y aquel olor. Es más bien una asociación aleatoria, casi como esos recuerdos que ya no guardamos como hechos nítidos, sino como narraciones que se fosilizan y que formarán parte de nuestro repertorio de batallitas seniles. Este tipo de canciones despiertan mi ya de por sí acusada tendencia a pensar en la vejez, la memoria, la muerte, la nostalgia y todo el resto de esas cosas de color anaranjado. Es entonces cuando, en mi condición de atea, busco casi sin querer alternativas a la promesa de la vida eterna: y bailar en la cocina de mi abuela, al son de los melosos violines de Perfidia, es una escena en la que, por alguna razón, no me importaría pasar la eternidad.





He descubierto que puedo ser invisible.

19 01 2010

Sobre todo cuando me ayudan.





Segundas Impresiones

15 01 2010

La tierra estaba tan blanca que se veía la sombra de los cuervos. Mirar cómo se mueve el campo inglés de Londres a Leeds es lo que más se parece a mi equivocada idea de Inglaterra. Los lagos construidos de forma artificial, con isletas llenas de juncos en el centro, las casas con jardín y claraboya, las iglesias mugrientas, todo eso me inspira y empiezo a pensar en lo auténtico que va a ser estar medio año estudiando a Chaucer y el resto del medievo. Soy consciente de que las clases no van a ser una película de Robin Hood, pero me cuesta deshacerme de esa idea. Sobre todo, porque es posible que sea eso precisamente lo que me trajo hasta aquí. Me refiero a ese ambiente de Princesa Prometida que todo el mundo (¿o sólo yo?) aplica al mundo medieval, equivocadamente, como es obvio.

De momento, la semana termina con un viaje a los moors al norte de Leeds, a un pequeño pueblo llamado Skipton(-in-Craven) que tiene un castillo normando del siglo XI, con un árbol colocado en medio del patio que recuerda tanto a uno de esos telefilmes artúricos de después de comer -esos que suelen durar un par de domingos-. El mero hecho de tener un plan que no sea ir a hacer fotocopias me alegra la vida, sobre todo por ir en compañía de algunos compañeros de la School of English, encantadores todos ellos. La semana que viene habrá tiempo de sobra para preocuparse por el hecho de que entiendo más o menos la mitad del Middle English, etapa del idioma en la que están escritos todos mis libros de este semestre.

En resumen: quiero pensar que, a pesar de todo, este semestre empieza bien.








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