Me estoy dando cuenta de que ya no celebro las cosas que dejo atrás. Hasta hace bien poco era un ser que sobrevivía a base de memoria, sacando brillo a recuerdos que en sí, en su momento, no significaron tanto. En esencia, nada significa nada hasta que demuestra mantenerse dentro a largo plazo, y es entonces cuando se libera en tu organismo y se vale de ti para vivir. Como un virus que no te apetece erradicar.
Y me he encontrado mirando a la pared, en esta caja de cerillas en lo alto de las escaleras, con los ojos buscando una referencia que no está aquí. La referencia inexistente me habría llevado a cierta calle hace años, volviendo a casa, con mi flequillo rizándose bajo la lluvia en polvo –término danés-de Bilbao. Con una quietud dolorosa pero autoinfligida y feliz, a su manera. Un proyecto gestándose capa a capa de confusión, cada una parida con dolor, por decirlo de alguna manera, con una esperanza que me sorprende por lo poco que se diferenciaba de la estupidez.
Supongo que es innecesario mencionar que todo esto lo ha desatado una canción concreta que no nombraré. Porque decir su nombre es prácticamente destapar mi cráneo y exhibir cada elemento con su etiqueta, historia, material, nombre científico. Y preferiría morir antes que dar algunos nombres. La cuestión, si es que existe algo semejante, es que me ha sorprendido este ataque de nostalgia por ser el primero en una etapa en la que me he dedicado a mirar hacia adelante. Tanto con horror (debidamente analizado en episodios anteriores) como con ilusión o indiferencia, he estado caminando con esas orejeras de caballo que sólo dejan ver de frente. Y de repente me ha dado por echar la vista atrás.
El paso del tiempo ha ido ajando ciertos pilares sobre los que se sostenía mi propensión a la melancolía y ha dejado otros en pie. Éstos no son tanto imágenes como sensaciones extremadamente concretas, que vuelven a mí a intervalos bastante separados. Me basta un tono en la luz para recibir el golpe en la nuca, el golpe que dice “este día es exacto al de aquella vez”. Y hoy he recibido uno de los fuertes. Una especie de mezcla condensada de imágenes muy dispares pero que, en el fondo, me temo que se reducen a lo mismo.
Me sorprende ser capaz de esto aún. Estoy firmemente convencida de que es algo común a todos y de que, si lo que digo no tiene ningún sentido para nadie, es porque no me explico bien. Es tan simple como que por un momento el pasado me ha agarrado de la garganta, como un déja vu largo, de esos que te dejan con la boca abierta. Y por primera vez en mucho tiempo, he remoloneado en esta sensación de vacío, de quemazón leve, que despierta el saber que aun a pesar de patear la puerta de atrás, algunas cosas nunca volverán, por fortuna.
Me estoy dando cuenta de que ya no celebro las cosas que dejo atrás. Hasta hace bien poco era un ser que sobrevivía a base de memoria, sacando brillo a recuerdos que en sí, en su momento, no significaron tanto. En esencia, nada significa nada hasta que demuestra mantenerse dentro a largo plazo, y es entonces cuando se libera en tu organismo y se vale de ti para vivir. Como un virus que no te apetece erradicar.
Y me he encontrado mirando a la pared, en esta caja de cerillas en lo alto de las escaleras, con los ojos buscando una referencia que no está aquí. La referencia inexistente me habría llevado a cierta calle hace años, volviendo a casa, con mi flequillo rizándose bajo la lluvia en polvo –término danés-de Bilbao. Con una quietud dolorosa pero autoinfligida y feliz, a su manera. Un proyecto gestándose capa a capa de confusión, cada una parida con dolor, por decirlo de alguna manera, con una esperanza que me sorprende por lo poco que se diferenciaba de la estupidez.
Supongo que es innecesario mencionar que todo esto lo ha desatado una canción concreta que no nombraré. Porque decir su nombre es prácticamente destapar mi cráneo y exhibir cada elemento con su etiqueta, historia, material, nombre científico. Y preferiría morir antes que dar algunos nombres. La cuestión, si es que existe algo semejante, es que me ha sorprendido este ataque de nostalgia por ser el primero en una etapa en la que me he dedicado a mirar hacia adelante. Tanto con horror (debidamente analizado en episodios anteriores) como con ilusión o indiferencia, he estado caminando con esas orejeras de caballo que sólo dejan ver de frente. Y de repente me ha dado por echar la vista atrás.
El paso del tiempo ha ido ajando ciertos pilares sobre los que se sostenía mi propensión a la melancolía y ha dejado otros en pie. Éstos no son tanto imágenes como sensaciones extremadamente concretas, que vuelven a mí a intervalos bastante separados. Me basta un tono en la luz para recibir el golpe en la nuca, el golpe que dice “este día es exacto al de aquella vez”. Y hoy he recibido uno de los fuertes. Una especie de mezcla condensada de imágenes muy dispares pero que, en el fondo, me temo que se reducen a lo mismo.
Me sorprende ser capaz de esto aún. Estoy firmemente convencida de que es algo común a todos y de que, si lo que digo no tiene ningún sentido para nadie, es porque no me explico bien. Es tan simple como que por un momento el pasado me ha agarrado de la garganta, como un déja vu largo, de esos que te dejan con la boca abierta. Y por primera vez en mucho tiempo, he remoloneado en esta sensación de vacío, de quemazón leve, que despierta el saber que aun a pesar de patear la puerta de atrás, algunas cosas nunca volverán, por fortuna.
Comentarios recientes