Despresurización de la cabina

14 08 2008

Odio volar. Mi odio hacia el transporte aéreo trasciende la vida humana y se eterniza hasta los confines del universo. Pero no siempre fue así: empecé a subirme a aviones a la temprana edad de ocho años aproximadamente, la mayoría de las veces con la pegatina de menor viajando solo y de la mano de sonrientes azafatas. Entonces volar era una aventura. Mirar por la ventana era una magia indescriptible que me mostraba mares de algodón y un sol de colores que se escondía tras ciudades de juguete, mientras del carrito llovían caramelos, cocacolas y cacahuetes. Y bastaba con ver lo bien que salía todo en la hoja plastificada para entender que lo peor que podía pasar era que me tirasen por un tobogán hinchable.

Pero a medida que mi sentido de la identidad y mi apego hacia cosas que había en el suelo crecían, y desde el día en que dejé de merecer una condecoración por viajar sola, volar se convirtió, una vez tras otra, en una pesadilla cada vez más gorda. Ver a Brad Pitt destrozando caras y mitos en El Club de la Lucha no ayudó, pues descubrí que lo de las mascarillas de aire era una patraña. Los aviones tenían personas en la cabina que, para mi inquietud, eran las que me pondrían sana y salva a ras de suelo; y esas mismas personas leían el periódico y bebían café como el resto de individuos. Individuos que pueden cometer errores, sufrir tirones en el brazo o tener ataques de esquizofrenia.

También llegó el 11-S y Perdidos, y otras tantas razones por las que coger aviones dejó de ser divertido. La cocacola se hizo de pago y los gestitos de las azafatas dejaron de hacerme gracia. Se fue mi infancia y se convirtió en seres gritones y pataleantes que me tocaban precisamente al lado, delante o detrás. Empecé a usar la telepatía para pedirle al piloto que no estrellara el aparato, no ahora que iba a X, que volvía de Y o que iba a ver a Z. Empecé a notar un sudor frío con las turbulencias y a desesperarme con los controles de seguridad, los retrasos, las maletas, los autobuses (los malditos autobuses a la terminal), el pitido de oídos y los cambios de puerta.

Mañana cojo mi enésimo avión a Casa. Y juro que preferiría ir en burra a sentir cómo esa máquina infernal se eleva en el aire. Pero, al menos, me queda el consuelo de mi música de avión, mis momentos de reflexión sobre lo que ha sido mi vida y, sobre todo, la visión de los valles que son el anuncio de mi casa, lo único mío en un pequeñísimo punto del mundo.


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6 respuestas

15 08 2008
theuc

Joder, pues a mi me encanta ir en avión. No me gusta todo el protocolo de arco magnético-puerta de embarque-flight delayed-fuck it, pero me encanta cuando hay turbulencias.

Mierda, disfruto con eso.

Olvida todo esto.

Un saludo.

17 08 2008
perogrullo

Siempre he dicho que una de las mejores sensaciones de la vida, es el momento en el que el avión se despega del suelo. Pocas cosas hay comparables a eso.

18 08 2008
lyra

Estáis todos enfermos.

18 08 2008
ukey

A mí nunca me ha hecho mucha gracia volar, y menos el despegue, aunque al aterrizaje le tengo un poco más de cariño. Pero pensar que una mole de hierro puede elevarse de esa manera del suelo no deja de quitarme el sueño cada vez que me monto en uno de ellos. Es uno de los transportes más seguros del mundo, si no el que más, pero aún así entiendo perfectamente tus palabras: la primera vez que cogí uno estaba más o menos así, porque pensaba que realmente el avión se estrellaría. Y aquí sigo.
El avión será el pan nuestro de cada día, no nos queda otra…

Un besazo Arra, y a ver cuándo demonios nos vemos!

19 08 2008
lyra

No sé, una vez estoy en el aire pierdo esa sensación de estar a muchos, muchos metros del suelo. Pero siguen gustándome más los trenes.

Nos vemos muy pronto, en cuanto volvamos todos los filólogos ; )

15 08 2009
Noelia

Pues mirar..ami me encanta volar..Es más estoy estudiando un curso de tcp..azafata aerea y en eso me va la vida..me encanta =) ¡ !
Es normal que mucha gente tema volar..Pero una vez que estas entre las nubes..todo se pasa..:)

Noelia ¡!

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