balbucear

2 05 2009

A veces, hay pequeñas voces que se agazapan durante todo el día, hasta que saltan y exlotan en mi cara, preguntándome a ver qué creo que estoy haciendo.
En mitad de la noche, o de la merienda, me vendrá una revelación, de segundos de vida, en la que yo me preguntaré qué pretendo hacer con todo esto.
Me preguntaré si realmente hay algún sentido en dedicar mi mente a seccionar, analizar, sobar, balbucear sobre la literatura de otras personas, siempre más grandiosa de lo que jamás podría desear para mis poemas, para este triste blog.
O si tengo algún derecho a invertir mis esfuerzos y mis años en decir cuatro tonterías y encuadernarlas, lanzarlas a la ya excesiva masa de voces pedantes que pronuncian títulos siempre demasiado largos.
Me da escalofríos pensar que sólo haré, crearé, eso. Opiniones vacías de cualquier valor real, visiones sobre un poema que nada tiene que ver con límites de palabras, estructura de párrafos, fechas de entrega.
Qué más necesita un libro que ser leído. Absolutamente nada. Y mi intención es ir tan, tan lejos, más allá de esa única necesidad.
Da algo de miedo pensar en dedicar tu vida a algo tan ridículo.





aunque tú no lo sepas

18 12 2008

He recordado por qué sonrío tanto y lloro tanto y escribo tanto cuando sé que alguien compuso una canción por alguien. Y también he recordado por qué el comentario que viene antes de la canción es lo más importante de la noche. Aunque tú no lo sepas.





Sopa

17 12 2008

Su mano extiende calor sobre el cristal, vibrante, sucio. Retira la cortina y abre la ventana, que se lamenta. Qué me pongo. Chino ya pedí ayer. Pizza, no. No. ¿Qué he hecho con los botes? Llenos de grasa. ¿Al lavavajillas, los volveré a usar? Su cerebro embotado dibuja una columna de envases blancos al fondo de un estante al que nunca se asoma. Al plástico. Será lo mejor. Aunque todo el mundo use mierdas de usar y tirar. ¿Pero qué digo? Cojo dos, tres, qué importa aviones al año. Huella ecológica… Hippies con hojas secas en el pelo bailan en su cerebro con música psicodélica de fondo. Turn on, tune in, drop out. Let the sun shine in. El viento le cubre las ideas con lluvia gris. La gente corre, debajo. Los vecinos colgaron un papá noel de la ventana. Con el mes de agua, se ha hinchado hasta el triple de su tamaño original. Es mentira. Pero le hace gracia pensarlo. Los vecinos ponen la mesa. Los vecinos se sientan a la mesa. Los vecinos comen, y no hacen nada extraordinario. Nadie entierra cadáveres en el jardín. Nadie tiene jardín. Viven en cuartos y quintos pisos sin jardín y con Papá Noel escalando eternamente hacia su ventana. Las bombonas de butano que no utiliza desde hace una década de energía eléctrica le saludan con respeto. Lo harían, si supieran, al menos. Se asoma por la barandilla, más. Se asoma más. Los bordes del pantalón de su pijama se mojan con el charco de lluvia. Coloca un pie frío y débil bajo los barrotes. Coloca otro pie frío y débil bajo los barrotes. No tiene más pies para colocar. Sus manos se agarran por necesidad a la barandilla. Su pelo lacio cuelga de su cabeza, apuntando directamente al centro de la tierra. Nada por aquí. Nada por allá. La gravedad tira de sus ojos, de sus labios, de su sangre. Uno de sus dos pies fríos explora los barrotes. Alcanza la cima. Gracias, muchas gracias. Nunca habría podido hacerlo sin mi amigo Georg y mi amiga Helen y mi bombona de oxígeno. Danke, Georg, thank you, Helen, gracias, bombona de oxígeno. Contaré la historia de tu vida a tus descendientes. A pesar de tener la nariz negra ha merecido la pena colocar ese maldito trozo de tela ahí arriba. Lo juro. Su otro pie busca otra cima resbaladiza a la que encaramarse. Pero eso obliga a las manos a buscarse otro apoyo, que no existe. Houston, tenemos un contratiempo. Tiemblan, tiemblan las rodillas y crujen los dientes. Crujen, de crujir. Junto con tejer y sus derivados, los únicos dos verbos que llevan j antes de e o i en el infinitivo. Papá Noel se hincha frente a sus ojos liberados de sangre. Sus manos buscan la cima, que no existe. Su pie resbala, resbala, resbala. Uno de ellos. Saber cuál es lo que marca la diferencia entre la vida y la muerte. Sopa. Creo que hay sopa de sobre en el armario.





Entrada en un blog.

28 10 2008

Es fácil, cuando las cosas te van muy mal, recrearse en la desgracia y envidiar la vida de cada infeliz que pasa a tu lado. Ignoras si están peor que tú, pero aun así los envidias. Vas por la calle y bajas la cabeza, y cuando llueve, te mojas. Porque así queda tan dramático. Y también porque la lluvia te importa bien poco en esos momentos de miseria extrema y profunda.

Es fácil, también, escribir mucho. Mucho y muy mal. Porque ya no te preocupas de la forma, y ni siquiera esperas que el lector ideal o el lector real o el lector improbable o el lector indeseable te lea. Así que no te preocupas por dar detalles. Al fin y al cabo, a todo el mundo le sobra tiempo para explotarse granos en el baño, pero no para escuchar desgracias ajenas. Especialmente cuando estás de visita en un blog. Especialmente este.

Hay gente cuya mente se ilumina en cuanto un pequeño o gran desastre asoma su odiosa cabecita, y es capaz de desgarradoras narraciones de popularidad universal. Independientemente de que nadie conozca tales obras. No soy una de ellos. Llevo felizmente casada con la falta de inspiración desde hace años, y muchos más que haremos, si Dios quiere y mi mediocridad lo permite.

Espero que este vacío intento por responder a la petición de una persona anteriormente citada no sea demasiado obvio. Es sólo que cuesta, una vez he agotado durante el día todo el ánimo payaso que algunas personas consideran mi marca, hacer como si escribir en un blog fuera a arreglar algo, aliviar una carga o “evaporar” una parte de mí (esta última expresión se la debo a una persona que escribe su nombre del revés).

Esto no es una llamada de auxilio. Ni de atención. Ni ningún otro tipo de llamada. Esto es una entrada en un blog.





Orgullo

6 07 2008

Ayer presencié la mayor concentración de maromos rapados jamás vista en este mundo. Efectivamente, me refiero a la manifestación/cabalgata del orgullo gay. Policías de culo prieto, faraonas, boy scouts, legionarios y dominatrix invadieron anoche la Gran Vía de Madrid, célebre fondo de El Día de la Bestia, en una fiesta que superó a la de la Eurocopa, si no en número de banderas, sí en firmeza de glúteos.

Mi semana de turismo hardcore por Madrid y alrededores ha acabado estratégicamente en las fiestas de Chueca, dignas de ver, no sólo ya por ser fiestas de barrio, sino por ser fiestas de barrio gay. Y sobre todo, porque no todos los días se presenta un amigo tuyo a Mr Gay España. Desde aquí me arrodillo por haber llegado tarde a tu momento de gloria, Dani. Que las tres te queremos mucho, pero hay cosas que vienen por genética, entre ellas la concepción deformada del espacio-tiempo. Adelanto que los homosexuales celebran las fiestas patronales igual que el resto, tal vez con un poco más de cuero y brillantina, pero como todo hijo de vecino, en realidad.

En otro orden de cosas, y aunque mi único objetivo al llegar aquí fuera acudir a tan señalado evento, me alegro de haber podido pasar una semana entera en este horno que es la capital, guiada por mis estupendos erasmus por las calles de Sol, Lavapiés, Fuencarral, la Latina, Serrano y demás nombres propios. Una semanita cebando la ya prominente barriga cervecera con tapas, huevos rotos y demás cosas típicas. Gracias a todos. Os pasaré la factura del gimnasio.

Madrid tiene mala fama entre mucha gente por ser la capital, por estar llena de madrileños y, en general, por razones igualmente estúpidas. Y a pesar de que he pasado mis primeros 16 puentes de la constitución en esta ciudad, no la he llegado a conocer hasta esta vez. Y puedo prometer y prometo que volveré, tantas veces como Inés se sienta capaz de acoger a gente en su casa por tiempo indefinido. Ha sido raro y a la vez increíble poder compartir una mesa en una terraza con gente que viene de sitios tan distintos, que coincidió por primera pero no última vez en Estocolmo, y cuya siguiente parada ha sido esta ciudad. Pero esto es sólo el principio, y así es como se coge carrerilla. Siguiente, Cádiz. Y luego, Bilbao. Y más tarde, tal vez Tokyo. Quién sabe.