Oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God.
Es lo que habría estado diciendo durante horas si hubiera sido una canadiense hace dos meses.
Pero en realidad lo que he dicho ha sido “joder joder joder joder joder” seguido de temblores en las manos. El último disco de Metric salió hace dos meses exactos y NO ME HE ENTERADO HASTA HACE CINCO MINUTOS.
Voy por la segunda canción y ya estoy enfermizamente enamorada. ¿Por qué Metric suena a algo completamente distinto, a colores que no tienen nombre, a armonías que definen con un 110% de fidelidad cualquier momento de mi vida? Curiosa forma tiene el cerebro de recibir señales acústicas.
Curioso, también, que la primera canción (y single, creo) se llame Help I’m Alive. En el sentido de que he despertado al mundo tras dos semestres que se han caracterizado por eliminar mi capacidad de llevar una vida normal. Y ahora, aquí estoy, perdida. Sin nerviosismo ni (casi) límites de fechas, con unas nubes de lluvia que se alejan a toda pastilla, una red de transportes públicos que me deja en la playa y, en fin, una cantidad de tiempo libre que no imaginaba desde hacía mucho y que sigue siendo insuficiente para las columnas de libros que me esperan, gritando “léeme, léeme” y “no, a mí, a mí” con diminutas voces.
Oh God. La tercera canción es aún más brutal.
La otra noche estuve en el R, ese gran local sin aire acondicionado perceptible que a partir de cierta hora se llena con las caras de siempre y las mismas canciones que el mes anterior, excepto algunas variaciones. Y me di cuenta de lo idéntica que fue esa noche a la anterior en el R, y a la anterior, y a la anterior. Y a lo poco que importa que ciertas rutinas se repitan, por ser buenas, por ser aquello de lo que tu mente necesita alimentarse. Reprimí el deseo de pedir un boli y ponerme a escribir en servilletas una vez más; en parte porque sé que a la mañana siguiente me habría arrepentido de no destruir semejante gilipollez.
La canción cuatro también es maravillosa. Empiezo a pensar que aún estoy nublada por la histeria.
Así que eso fue el R, una vez más. Pensé que lo echaré de menos cuando ya no esté por aquí. Despedirse para un año no es tan triste, ni tan definitivo, como despedirse para dos. En realidad, aunque penséis que no, la diferencia entre “dos” y “uno”, es que con “dos” dais un saltito sorprendido hacia atrás y pedís confirmación: “dos años?”. Sí, así es.
Tengo unos tres meses para acumular memoria en los carrillos, como esas ardillas que salían antes en los dibujos animados. Engullir conversaciones, caras, fotos y promesas estúpidas y llevármelas conmigo para regurgitarlas de vez en cuando, en esos momentos en los que me entre el agobio con las moquetas inglesas.
Pues sí, la séptima canción también es buena. Y sólo quedan tres más. Oh No.
Voy a salir de aquí un rato. Respirar, abrir los pulmones a la polución de Bilbao. Y empezar a recolectar imágenes soleadas con cierto tono sepia de película antigua, más intimista y emocional.
Comentarios recientes