El Bostezo de los 20 Días de Duración

1 08 2009

Me permitiréis esta entrada gratuita que no es más que una excusa para que veáis el vídeo de aquí encima.

Nerja tiene el poder de anular mis habilidades literarias. Tanto sol y tanta sal y tanta rutina lenta, suave y perfecta neutralizan todo instinto escritor que pueda esconderse en mí. Es como un bostezo larguísimo que estira mi cuerpo de forma indefinida hasta que cualquier medio de transporte me aleja de aquí un año más.

Hoy, en la playa, alguien ha repetido lo que todos sabemos. Que en Nerja no pasa el tiempo. En ninguna de las direcciones posibles.





Por qué siempre hacemos nuestras las canciones

21 07 2009

Me he puesto a escribir por una razón muy simple. Estoy escuchando I Loves You Porgy tocada y cantada por Nina Simone y quiero que el mundo sepa lo mucho que me gusta esta canción. Llamaría a la tele si pensara que me harían algo de caso. Pero no tengo suficiente carisma ni potencial bizarro. Al menos no a niveles como los del entrañable Quinto Virrey de Sicilia.

Supongo que estoy en medio de uno de esos momentos exaltados que me atacan a altas horas de la noche, aprovechando que estoy más lúcida o sensible, o ambas cosas (la existencia de noctámbulos, personas intempestivamente activas, está centíficamente probada. ¡Somos evolutivamente útiles, ja!). Lo digo porque ahora mismo me cuesta digerir la idea de que algo como esto sea posible. Que esta disposición de cuerdas vocales y esta combinación de acordes de piano, sumadas al ruido sucio de las grabaciones analógicas viejas, junto con otros pluses, me obliguen a entrar en el blog y ponerme a divagar tan chorramente.

Y ya que estamos, por qué no hablar de la letra. O, más concretamente, de lo traicionero que puede ser la letra de una canción. Es decir, a veces pasa, como con Strange Fruit, que escuchas una melodía y te emocionas, e ignoras lo que puedan estar diciendo; al fin y al cabo nuestra cabeza lo considera secundario. Y un día te da por buscar la letra, y entonces tu cerebro explota dentro de tu cabeza y se recompone en menos de un segundo. Y sólo puedes arrepentirte por no haber sabido lo que oías mucho antes.

Llevo diez minutos con los pelos del brazo de punta y no parece que vaya a mejorar, especialmente porque no dejo de darle al vídeo una y otra vez con cara de circunstancias. Pero a lo que iba: la letra. Es malignamente agradable tener cierta canción de fondo y ser consciente de que la otra persona no sabe lo que dice. Convertirte en la única persona de la habitación que puede aplicar todas y cada una de las líneas a la situación, sin tener que dar explicaciones. Puedes notar pequeños seres subliminales colonizando sus orejas sin que se entere. Mientras tú te consuelas en el secreto de ese mensaje invisible.

Releyendo cosas que escribía hace dos, casi tres años, me he dado cuenta de que es la primera vez que me avergüenzo más de lo que escribo ahora. Parece que he perdido la capacidad de comprometerme en invertir mis esfuerzos en llegar a un mínimo de calidad. Y lo peor de todo es que no me preocupa. Es decir, lo hace, pero a niveles literarios, por llamarlo de alguna forma. Al nivel vital, me estoy dando cuenta de que me he metido de lleno en una fase en la que prefiero tener la voz de Nina Simone en bucle antes que escribir toda una antología de poemas de amor.

Qué digo. Prefiero tener horas eternas de silencio con él antes que la voz de Nina Simone en bucle. Pero cuando no es posible, lo cual sucede a menudo, y sucederá aún más, me gusta proyectarme en cosas tan elegantemente cursis como esta. Y escribir sobre todo y nada, sobre pequeños detalles de la vida diaria que quedan tan estupendos en mi cabeza, y una vez plasmados en un papel o en este blog, son sólo ridículos. Pero a quién quiero engañar. Últimamente sólo puedo escribir sobre una cosa. Y esto tampoco me preocupa demasiado.





#12

20 07 2009

Qué perturbador resulta que nuestras ilusiones sean a menudo nuestras creencias más importantes.

Intimidad, Hanif Kureishi

Hala, pensé yo. Y sacudí la cabeza. Pero y qué, proseguí. Perturbador, es. Pero imaginar y babear ante ciertas realidades posibles (a.k.a. soñar), además de gratis, es necesario para nuestra salud mental.

M me recomendó sabiamente este libro y por alguna razón sabiamente le hice caso. La situación del protagonista no podría ser más diferente de la mía propia, pero había veces que parecía que el señor Kureishi me diera en toda la cara con una de esas pegajosas manos locas que tanta gracia nos hacían de pequeños. PLAF, toma momento de identificación cósmica. Etc.

Esto es todo lo que puedo sacar de mí con mis existencias actuales de inspiración, inversamente proporcionales a las horas que necesito para dormirme últimamente.





(I can’t) Enjoy the silence

12 07 2009

Después de tres días como los que han sido estos últimos -me ahorro el recuento de batallitas porque no le importan a nadie-, no puedo tranquilizarme. He estado todo el fin de semana continuamente rodeada por gente y con los oídos cubiertos por música o risas o ruido de máquinas que hacen ruido y echan agua como efecto secundario o yo qué sé más etcéteras.

Y no me acostumbro a esta quietud. Espero que dormir y comer cosas normales me devuelva algo de coherencia.





4:45

6 07 2009

He tenido horas y horas para desarrollar una teoría sobre por qué me hace ilusión volver a casa en autobús. También he podido oír llorar a niños y salvar mis piernas de la gangrena y sufrir la lentitud del tiempo, tan lenta que, como le he dicho a J, casi podía ver cómo me crecían las uñas.

La cuestión es similar a lo que pasa en películas como La guerra de las galaxias. Una vez te acercas lo suficiente, el campo gravitacional te atrae como la estrella de la muerte a los rebeldes. En mi caso, todo empieza una vez paso un bar de carretera llamado La Brújula. A partir de ahí empiezo a notar cómo un hilo invisible tira de mí y me pone más nerviosa, me quita el sueño, atrae mi cara a la ventana y me hace sonreír, para desconcierto de mi vecino. Luego viene el arenal, y el pueblo, y “oh están construyendo un cementerio nuevo”, y el puente rojo, y mi árbol-hermano, de 22 años ya ni más ni menos, en el jardín de atrás. En veinte segundos ya ha pasado. Entonces llega el peaje, y esos altos almacenes, y los túneles y, finalmente, los árboles. Y la masa impenetrable de nubes grises.

Ese campo gravitacional siempre me hace feliz al saber que estoy en un viaje de vuelta. Es una especie de alegría irracional, el tipo de sentimiento que incomoda a los desarraigados. No es un amor a la patria. Más bien es la tranquilidad de reconocer, paso a paso, los lugares que te van acercando a la puerta de casa. Y, al final, un valle lleno de farolas y contaminación lumínica. Y una ventana tras la cual está durmiendo.

A la altura de los carteles en contra de la autopista, siempre cojo las llaves y me las meto en el bolsillo con aire petulante. Por vivir tan cerca de la estación, mi satisfacción tiene un bonificador +5, más o menos. Y entonces es cuando el conductor empieza a maniobrar para colocarse en su dársena (qué tipo de palabra es esa) y los pasajeros de la derecha empiezan a saludar a los que han tenido ganas de recogerles a esas horas. Y esto no se lo he dicho, pero por un instante he pensado qué bueno habría sido que hubiera ido a buscarme.





Nunca saber dónde puedes terminar

15 06 2009

o empezar.

Las calles, las nubes, el aire, la música perfecta para llorar de camino a casa.

Pero, por más que intento, no me sale.





inabarcable

13 06 2009

No encuentro el verbo adecuado para expresar exactamente lo que quiero decir. Es algo así como un sentimiento de urgencia, de agobio ante la infinidad de sitios en los que debería estar en este momento. Veo carteles de conciertos en Berlín, descubiertos a través del myspace de la voz que estoy escuchando ahora. Documentales sobre la fase existencial de Emily Haines, cantante de Metric, mientras cogía un tren a Toronto. Una foto de una pareja de músicos americanos, sólo dos individuos de un país con más de 300 millones de personas, que ha dado cosas como las novelas de Steinbeck, la Cocacola y Mickey Mouse. Y de repente, como en esa escena del Rey León, el sol baña más y más territorio, y entonces me doy cuenta de que también debería estar en un Starbucks de Manila, o escalando el monte holandés más alto.

Pero no es sólo el espacio. Debería estar en tantos puntos temporales tan dispares. Debería estar hace sesenta años en Hollywood y hace ciento cincuenta en Hamburgo, quizá hace doscientos en Londres. Debería haber visto tantas cosas en directo. Y debería estar en el próximo septiembre, y, a la vez, debería exprimir mis últimos momentos aquí y ahora. Debería estar en Leeds y en Bilbao al mismo tiempo. Coger un avión a Londres, viajar momentáneamente por el subsuelo de esa ciudad hasta alcanzar Yorkshire, descubrir mi futuro, organizar mi vida sola, conocer a los que serán mis amigos esta vez. Y también debo quedarme aquí, grabar tonterías con los de la escuela de cine, participar en el proyecto acústico de J, traducir Johnny el Maníaco Homicida con uno de Mondra, tomar cafés con A mientras discutimos sus opciones como estudiante de literatura victoriana, dejarme llevar por la lenta rutina y el desconcertante mundo de un Bilbao que aún no conozco tan bien como pensaba.

La vida es tan absurdamente corta que cuesta hacerse a la idea de todas esas cosas que jamás viviremos, bien porque están pasando demasiado lejos, o porque ya pasaron hace tiempo, o porque desaparecen a medida que tomamos decisiones. Me pregunto si vivir tendría gracia, al fin y al cabo, si fuera de otra manera.





Beating like a hammer

8 06 2009

Oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God oh God.

Es lo que habría estado diciendo durante horas si hubiera sido una canadiense hace dos meses.

Pero en realidad lo que he dicho ha sido “joder joder joder joder joder” seguido de temblores en las manos. El último disco de Metric salió hace dos meses exactos y NO ME HE ENTERADO HASTA HACE CINCO MINUTOS.

Voy por la segunda canción y ya estoy enfermizamente enamorada. ¿Por qué Metric suena a algo completamente distinto, a colores que no tienen nombre, a armonías que definen con un 110% de fidelidad cualquier momento de mi vida? Curiosa forma tiene el cerebro de recibir señales acústicas.

Curioso, también, que la primera canción (y single, creo) se llame Help I’m Alive. En el sentido de que he despertado al mundo tras dos semestres que se han caracterizado por eliminar mi capacidad de llevar una vida normal. Y ahora, aquí estoy, perdida. Sin nerviosismo ni (casi) límites de fechas, con unas nubes de lluvia que se alejan a toda pastilla, una red de transportes públicos que me deja en la playa y, en fin, una cantidad de tiempo libre que no imaginaba desde hacía mucho y que sigue siendo insuficiente para las columnas de libros que me esperan, gritando “léeme, léeme” y “no, a mí, a mí” con diminutas voces.

Oh God. La tercera canción es aún más brutal.

La otra noche estuve en el R, ese gran local sin aire acondicionado perceptible que a partir de cierta hora se llena con las caras de siempre y las mismas canciones que el mes anterior, excepto algunas variaciones. Y me di cuenta de lo idéntica que fue esa noche a la anterior en el R, y a la anterior, y a la anterior. Y a lo poco que importa que ciertas rutinas se repitan, por ser buenas, por ser aquello de lo que tu mente necesita alimentarse. Reprimí el deseo de pedir un boli y ponerme a escribir en servilletas una vez más; en parte porque sé que a la mañana siguiente me habría arrepentido de no destruir semejante gilipollez.

La canción cuatro también es maravillosa. Empiezo a pensar que aún estoy nublada por la histeria.

Así que eso fue el R, una vez más. Pensé que lo echaré de menos cuando ya no esté por aquí. Despedirse para un año no es tan triste, ni tan definitivo, como despedirse para dos. En realidad, aunque penséis que no, la diferencia entre “dos” y “uno”, es que con “dos” dais un saltito sorprendido hacia atrás y pedís confirmación: “dos años?”. Sí, así es.

Tengo unos tres meses para acumular memoria en los carrillos, como esas ardillas que salían antes en los dibujos animados. Engullir conversaciones, caras, fotos y promesas estúpidas y llevármelas conmigo para regurgitarlas de vez en cuando, en esos momentos en los que me entre el agobio con las moquetas inglesas.

Pues sí, la séptima canción también es buena. Y sólo quedan tres más. Oh No.

Voy a salir de aquí un rato. Respirar, abrir los pulmones a la polución de Bilbao. Y empezar a recolectar imágenes soleadas con cierto tono sepia de película antigua, más intimista y emocional.





#11

3 06 2009

To-morrow, perhaps the future. The research on fatigue
And the movements of packers; the gradual exploring of all the
Octaves of radiation;
To-morrow the enlarging of consciousness by diet and breathing.

To-morrow the rediscovery of romantic love,
The photographing of ravens; all the fun under
Liberty’s masterful shadow;
To-morrow the hours of the pageant-master and the musician,

The beautiful roar of the chorus under the dome;
To-morrow the exchanging of tips on the breeding of terriers,
The eager election of chairmen
By the sudden forest of hands. But to-day the struggle.

To-morrow for the young the poets exploding like bombs,
The walks by the lake, the weeks of perfect communion;
To-morrow the bicycle races
Through the suburbs on summer evenings. But to-day the struggle.

To-day the deliberate increase in the chances of death,
The conscious acceptance of guilt in the necessary murder;
To-day the expending of powers
On the flat ephemeral pamphlet and the boring meeting.

To-day the makeshift consolations: the shared cigarette,
The cards in the candlelit barn, and the scarping concert,
The masculine jokes; to-day the
Fumbled and unsatisfactory embrace before hurting.

The stars are dead. The animals will not look.
We are left alone with our day, and the time is short, and
History to the defeated
May say Alas but cannot help nor pardon.

Spain, Wystan Hugh Auden

Porque hoy no puedo escribir nada que no sea robado de otra gente, os pongo las últimas estrofas de este poema que, aunque hablen sobre la guerra civil, me recuerdan un poco a este momento crítico de mi semana. Mañana seré libre. Pero hoy, la lucha.





Angel

11 05 2009

angelandmebn

Angel is my favourite cartoon.

She didn’t find strange at all to punch me the first time we met. After realizing that we both were Svenska fans, nothing was strange at all.

When you make her laugh, she puts her hand on her mouth. How couldn’t she! Then she stares at you accusingly, as if you shouldn’t do that (you could earn a punch of her strong fist). But it is easy to make her laugh, actually. She will laugh chirping like a bird, bubbling like a child, gleaming like the sun. Laughing is her natural state.

She has the ability to bump into you wherever you are. It doesn’t matter if it’s Bilbao or Stockholm. She will find you, one way or another. And then jump and celebrate the cosmic moment.

Angel has a powerful sad face. If you say something cruel, her eyes will shift into such a miserable shape that you can’t help trying to reach her and tell her everything will be fine. She gets anxious easily. But she can also feel excited in seconds, even almost cry of happiness. It’s hard not to follow her then.

She has taught me useful things. Such as apir, kaibigan, or, most importantly, bangkay. She does not like beer, but she does like cider, especially päron cider, especially when it comes out of Systembolaget bags, which surprisingly enough can travel all the way down from Sweden to Indautxu’s metro station.

Angel loves to keep her moments safe. She records her life and looks ahead towards her dream. She dreams of sweet, boring Swedes, of the beautiful streets of Stockholm, where she left her soul. She will leave soon. But it doesn’t matter.

Angel is my favourite cartoon.